La importancia de las pequeñas cosas

El siguiente post fue adaptado de un artículo de Erik Barker.

En el año 2013, George Saunders ofreció una conferencia dirigida a la clase de graduados de la Universidad de Siracusa, en los EEUU. Poco antes le habían preguntado ¿De qué se arrepiente más en su vida?

Y esa pregunta me puso a pensar en mi vida.

Si me preguntaran hoy de qué estoy arrepentido…

¿Haber sufrido pobreza de vez en cuando? No, en verdad no me arrepiento de eso. ¿Trabajar en puestos desagradables, con horarios complicados, en ambientes incómodos? No. Tampoco me arrepiento de eso. ¿Sentir una tarde que me estaba ahogando, arrastrado lentamente por una corriente hacia el mar abierto? Tampoco. ¿Me lamento de alguna humillación ocasional? Recuerdo estar jugando un partido de basquetbol a los 11 años, robar una pelota y embocarla… en mi propio cesto, mientras – me di cuenta después – mi entrenador me gritaba desesperado que me diera vuelta. No. Ni siquiera me lamento de ese papelón, aunque me ponga colorado hasta hoy cuando lo recuerdo.

Pero hay algo que sí lamento… y mucho.

Estaba en segundo año de liceo y vino una chica nueva a nuestra clase. Vamos a llamarla Elena. Elena era pequeña, tímida. Usaba lentes con forma de ojo de gato azules, francamente espantosos. Cuando estaba nerviosa, es decir, casi siempre, tenía el hábito de tomar la punta de su pelo y se lo metía en su boca.

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Cuando llegó a nuestra escuela y a nuestro barrio, la mayoría de los chicos la ignoraban, algunos se burlaban (¿Tiene rico sabor ese pelo tuyo?, ese tipo de cosa). Yo podía ver que le dolía. Todavía recuerdo su cara después de escuchar esos comentarios ruines: mirada enfocada a la punta de sus pies, gesto como si le hubieran pateado el estómago, como si le hubieran recordado su verdadero lugar en la vida, mientras intentaba – desesperadamente – desaparecer en un agujero imaginario. Después de un rato se iba, con la punta del pelo en su boca. Yo me imaginaba que cuando llegaba a su casa, su madre le preguntaba “¿Cómo te fue en la escuela hoy, mi amor?” y ella respondería “Bien mamá” y su madre le diría “¿Te hiciste buenas amigas?” y ella diría “Si mamá, un montón.”

A veces, paseando con mi bicicleta, la veía parada en el jardincito del frente de su casa, anclada, como si tuviera miedo de salir de ese espacio.

Al poco tiempo se mudaron. Así terminó. No hubo tragedia, no hubo violencia. Un día estaba y al otro día, ya no estaba. Fin de la historia.

¿Por qué me arrepiento de eso? ¿Por qué, habiendo transcurrido más de cuarenta y cuatro años, me sigo sintiendo mal por eso? En relación a los otros chicos, yo en realidad fui bastante bueno con ella. Nunca le dije nada malo. De hecho, alguna vez (sin demasiado esfuerzo, debo admitir) incluso la defendí.

Pero me sigue molestando.

Así que aquí hay algo que sé constituye una verdad:

De lo que más me arrepiento en la vida son mis faltas de bondad. Aquellos momentos en los que otro ser humano estaba ahí, enfrente a mi, sufriendo y yo respondí… con reservas. Tibiamente. 

O visto desde la otra punta del telescopio: ¿De quien tenemos los mejores recuerdos en nuestras vidas?¿Qué personas generan esa deliciosa calidez cuando las revivimos en nuestras mentes?

Apuesto a que son aquellos que fueron más bondadosos contigo.

Puede sonar un poco simplista, quizás; pero es bien difícil de implementar. Les sugiero que tengan como meta en la vida: ser más bondadosos. 

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