Carry On. La historia de una familia improbable

Este post fue escrito por Lisa Fenn, tres veces ganadora del premio Edward R. Murrow, ganadora en seis oportunidades del premio Emmy por sus producciones especiales para ESPN y autora. 

En el corazón de la filosofía vinculada a los mejores centros educativos  El Líder en Mí hay una creencia vital, de que cada alumno tiene dones y habilidades especiales, que cada niño puede realizar contribuciones valiosas a este mundo que habitamos y que los educadores pueden respaldarlo con grandeza y amor que – en conjunto – convierte a sus alumnos en líderes.

Pero cuando deje de leer este blog y vuelva a su salón de clase, inevitablemente se vas a encontrar con un alumno que le hace dudar si – en su caso en particular – ya no es demasiado tarde. ¿No es posible que la vida puede haber cobrado tanto de la vida de un joven que los efectos ya no se pueden revertir? ¿Qué ocurre si no encuentran su don?  ¿Qué pasa si la búsqueda es incómoda? ¿Hay un punto en el que podemos – ya, razonablemente – levantar los brazos, rendirnos, y decirnos “ya está con esto”, o es posible que el amor lo conquiste todo?

Me hice todas esas preguntas en el año 2009 cuando conocí a Dartanyon Crockett y Leroy Sutton, un par de adolescentes que en ese año cursaban un bachillerato en la ciudad de Cleveland, Ohio. Y volví a plantearme esas preguntas a lo largo de los siete años subsiguientes, a medida que los tres nos volvíamos cada vez más íntimos. En ese proceso, encontramos algunas respuestas sorprendentes.

Esta, es nuestra historia.

“¿Por qué te quedaste?”

Me preguntó, mientras esperábamos que un semáforo nos mostrara su luz verde. Mi corazón levantaba presión. Pensé que él sabía la respuesta.

“Te amo,” le contesté.

“Eso es precisamente lo que pensé que me dirías,” me respondió. “¿Pero por qué te quedaste e hiciste todo lo que hiciste por nosotros?”

La respuesta a la segunda pregunta de Dartanyon Crockett no era tan fácil de responder, tan prolija como la primera, porque la vida puede ser un nudo desastroso y – a veces – el amor no lo puede todo.

Dartanyon y su mejor amigo, Leroy Sutton, atraparon mi corazón hace siete años. Como productora de programas especiales de ESPN, en esa época viajaba mucho a través de todo el país, haciendo crónicas sobre historias humanas vinculadas al deporte. Cubrí a jugadores como Tom Brady y Derek Jeter, así como a chicos de las ligas menores que tenían enfermedades terminales y amateurs que sufrieron problemas físicos. Todos imprimieron su marca personal y heroica en este mundo. Me sentía muy privilegiada, invitada a sus celebraciones sagradas, a sus dolores y angustias más íntimas.

Pero lo que encontré en los suelos de lucha libre en el liceo Lincoln-West en el 2009 hizo que mi alma volara y se hundiera, todo al mismo tiempo.

Dartanyon era su mejor talento y su más fuerte luchador. Era alto, con músculos duros como nueces y ganador de múltiples pesos. También era un fantasma, subsistiendo alimentándose con los palitos de mozarella pegajosos y las manzanas machucadas que se servían en los almuerzos de la cafetería. Su madre falleció de un aneurisma cuando tenía apenas ocho años de edad. Su padre – en ese crítico momento – se lo llevó a una casa situada en el Este de la ciudad de Cleveland, donde vendía crack. En qué lugar quedaba exactamente, Dartanyon no me lo podía decir, porque Dartanyon es legalmente ciego. Nacido con una neuropatía óptica, una condición que cause la pérdida de visión, se esforzaba para distinguir las facciones de las personas sentadas a apenas medio metro de distancia.

Colgado sobre la espalda de Dartanyon me encontré con su compañero de equipo, Leroy Sutton. El se colgaba por ahí, porque no tenía piernas y el gimnasio del liceo no tenía ascensor. Y porque cuando tenía once años de edad, un tren se lo llevó por delante. Un tren de carga. Si bien los médicos le salvaron su vida, no pudieron salvar todo su cuerpo. Su pierna izquierda fue amputada por debajo de su rodilla y su pierna derecha, por debajo de su cadera. Su madre, desolada por la culpa, cayó en el uso de drogas y desaparecía por largas semanas, dejándolo solo a Leroy, para que cuidara de su hermana menor. Su padre pasó la mayor parte de la juventud de Leroy en la cárcel. Las preguntas de “por qué” lo perseguían a Leroy, pero aprendió a enmascarar con una sonrisa rápida todo lo que lo atormentaban esas preguntas.

El que no tenía piernas, cargado por el que no veía.

Al principio me quedé, porque no tenía forma de desviar mi atención.

Aparte de ser compañeros de práctica muy intensos, Dartanyon y Leroy compartían un puñado de clases, siempre sentándose uno al lado del otro. Dartanyon se paraba a sacarle punta a los lápices de Leroy; Leroy se aseguraba que Dartanyon pudiera comprender la letra chica. Pero cada vez que me ponía a disfrutar su dulzura mutua, revertían a un humor de adolescentes que solo ellos comprendían.

“Leroy, si te fueras de tu casa, ¿considerarían que te fuiste corriendo o rodando?” le peguntaba Dartanyon.

“Si vos me estuvieras buscando, seguro que no me encontraban.” le contestaba Leroy.

Después corrían por los corredores juntos y yo escuchaba los ecos de sus risas; la luz más brillante de ese lugar tan triste.

Dartanyon mantenía su mano sobre la silla de ruedas de Leroy, en parte para guiarse, pero también como forma de protegerlo, como hermano para Leroy. Sus profesores me dijeron: “son de los buenos”.

Su alegría se destacaba en un liceo marcado por estudiantes irreverentes y docentes hundidos. Mareas de adolescentes negros y latinos fluían todas las mañanas entre los detectores de metal colocados en las puertas. Muchos tenían que ser parados para ser cacheados, para recibir una inspección más profunda. Un chico sin saco, en una mañana de vientos gélidos, fue rechazado en la puerta por el guardia de seguridad, recordándole que ya había sido expulsado la semana anterior. Hubo un arresto en el pasillo del liceo luego de la 10ª hora. Los libros se entregaban, pero luego volvían a placares cerrados con llave cuando terminaba la clase. Menos del 40% se iba a graduar. Un número incontable de chicas terminaban embarazadas. Nadie pensaba “ganar-ganar”. Y sin embargo, Dartanyon y Leroy se movían a través del caos con una gracia particular, no permitiendo que sus esperanzas fueran contaminadas. “Destinado a ser un Grande,” escribía Dartanyon en sus papeles a lo largo del día. Ambos parecían totalmente inconscientes de las fuertes limitaciones que tenían en sus vidas.

Producir la historia “Carry On” en el 2009 me desafió en múltiples niveles. En lugar de contar la historia de un éxito individual, o de un momento memorable, esto trasmitía “amistad”. Y para que los pequeños detalles de una amistad salieran naturalmente en la filmación, me vi obligada a hacerme amiga de ellos, tenía que ser parte del equipo. Decirles “Háganse los graciosos cuando diga ‘tres'”, o “Ahora sean cálidos en esta toma,” es completamente artificial. Esta historia requería que estuviera vinculada en los chistes y moverme con fluidez con los personajes.

Esto lo encontré difícil al principio, porque nací en otra zona de la ciudad. El lado Blanco de la ciudad. Si bien fui criada a menos de 11 kilómetros de Lincoln, mis padres se esforzaron para mandarme a un colegio privado para protegerme de las escuelas públicas y de “esa gente”. Mientras mis padres revendían las cosas que no usaban más, o se esforzaban con un trabajo extra para poder financiar esa educación para mi, yo me preguntaba en silencio qué era lo malo que tenía “esa gente” para generar tanta determinación. Ahora me doy cuenta que su incomodidad interna era muy parecida a la inquietud visible que yo vestía parada en los pasillos del liceo Lincoln. Pequeña, rubia, introvertida y estudiosa, no hubiera sobrevivido ni una semana en ese liceo.

Pero Dartanyon y Leroy me permitieron entrar en su mundo. Los seguía a sus clases, a sus prácticas, en los paseos en el ómnibus del equipo. Me enseñaron su lenguaje y se reían de mí cuando intentaba usarlo. Leroy y Dartanyon compartían los detalles de sus vidas con extremo cuidado, probando hasta donde creían que podía yo manejar las cosas, viendo si disparaba mi fuga del liceo, del ambiente. Nunca habían tenido un lugar seguro para compartir sus historias, ni una persona que les ofreciera seguridad para contárselas. Luego de años de abandono emocional, comenzaron a creer que – quizás – realmente me importaban.

Me quedé, porque decidí no estar en la lista de gente que quebraba su confianza y les daba sus espaldas. IMG_0300.JPG

Luego de terminada la temporada de lucha libre, Dartanyon y Leroy compitieron levantando pesas. Leroy tenía el récord del estado de Ohio en una categoría y Dartanyon en otra. Inmediatamente después de ser proclamado ganador del campeonato en abril de 2009, Dartanyon descubrió que todas sus pertenencias habían sido robadas de las gradas. Junto a sus pertenencias, le robaron su derecho a celebrar. Cada victoria en su vida se la habían arrancado antes de que pudiera siquiera probarla.

Esa semana, lo llevé a Dartanyon en mi auto alrededor del pueblo para reemplazar las cosas perdidas. Un nuevo pase para el ómnibus, un nuevo celular, un viaje a la oficina que entregaba cédulas de identidad, la que requería un certificado de nacimiento que había sido confiscada durante el último desalojo de su padre. El suyo era un mundo cruel, aún para una persona con vista. Cómo lo soportaba en las tinieblas, me desconcertaba.Pagué por todo, cruzando una frontera periodística. Pero cada día que pasaba, esto que estaba haciendo se convertía menos en una historia y más sobre reconfortar el sufrimiento. Dartanyon luego me dijo que fue durante esos días que invertimos comprando las pequeñas cosas que le habían robado, que se convenció que Dios me había puesto en su vida por una razón que trascendía el programa de televisión, que nadie más se hubiera tomado el tiempo y el dinero par ayudarlo como lo hice.

Poco después, viajé a la ciudad de Akron para filmar el barrio de la juventud de Leroy. Esto requirió de una escolta policial. “Bienvenido a la calle Laird,” me dijo el policía con aire de suficiencia.  “Nosotros lo llamamos el ‘País de Laird,’ porque si naces aquí, nunca te vas. Sólo se mueven de casa  a casa, para arriba y para abajo, siguiendo esas drogas.” Hombres en las sombras se asomaban amenazantes en los pórticos dilapidados de las casas vecinas, mientras las calles estaban infestadas de niños que deberían estar en la escuela aprendiendo. “Sus chicos deben haber tenido mucha suerte para salir,” me comentó el oficial de policía.

Me quedé, porque mi corazón estaba demasiado pesado y mis piernas no podían cargarlo. Nubes oscuras pendían sobre la vida de Leroy y Dartanyon, y me encontré más de una vez rogando al cielo poder terminar con esta locura.

Ese verano, hice la edición de “Carry On,” rezando que solo un espectador se sintiera conmovido para ayudar a estos chicos de manera significativa. Pero no fue así. Una vez que comenzamos a emitir el programa, surgieron legiones. Desde Ipswich a Idaho, hombres, mujeres, jóvenes y viejos, escribieron ofreciendo dinero y compartiendo historias personales de cómo esta amistad extraordinaria despertó sus almas. La situación imposiblemente dura de Dartanyon y Leroy ya no era invisible. Me senté en el piso de mi cocina y lloré.

5574_1098963201912_3058787_nEn los meses que siguieron, respondí personalmente a miles de correos electrónicos. No quería desperdiciar ni una sola de las bendiciones que llegaban para ellos. Las 24 horas del día coordinaba donaciones, analizaba oportunidades para que dieran conferencias, descifraba formularios para ayuda financiera, coordinaba visitas a universidades y me aseguré de que Dartanyon y Leroy se alimentaran – finalmente -, todos los días. Cada vez que compartía noticias con ellos, Dartanyon explotaba con gracias, abrazos y sonrisas amplias. Pero la aparente apatía de Leroy nunca cambiaba.  “Leroy, si no querés esto, si hay algo que no te gusta, me lo tenés que decir,” le dije. “No estoy en esto para imponer mis deseos sobre ti.”

“No, está todo bien,” me contestó.

“Pero normalmente, cuando ‘está todo bien’, la gente sonríe o dice algo,” le comenté. “Cada vez que te llamo con buenas noticias, te veo tan quieto. No me doy cuenta si estás registrando lo que les estoy diciendo.”

“Nunca antes nadie me llamó con buenas noticias,” me dijo. “Simplemente no sé lo que debo decir.”

Una vez me dijo que la Navidad era la época del año que menos le gustaba porque su madre envolvía goma de mascar Bazooka y juegos que estaban en la casa, en la esperanza de que él no se diera cuenta. No habiendo tenido el privilegio de sentir placer, no había desarrollado el lenguaje para responder a él.

“Pero estoy feliz por dentro,” agregó. “Mis sueños puede ser que se conviertan en realidad.”

Me quedé, porque prometí en ese momento llenar la vida de Leroy con miles de cosas buenas hasta que reventara de felicidad.

En noviembre del 2009, Leroy se mudó a Arizona a estudiar diseño de videojuegos en la Universidad de Collins. Los estudios universitarios fueron toda una lucha para él, pero lo logró. Fue el primero en su familia en graduarse de bachiller y en el año 2013, fue el primero en recibir un diploma universitario. Dartanyon y yo estábamos en la primera fila, escuchando el ruido de la destrucción de su ciclo de pobreza.

Dartanyon recibió su oferta de cambio de vida del Comité Olímpico de los EEUU en marzo del 2010. En reconocimiento de sus habilidades atléticas naturales, los entrenadores lo invitaron al Centro de Entrenamiento Olímpico en Colorado Springs para aprender el deporte Para Olímpico de judo ciego. Esto era como haber ganado la lotería: tenía su casa, competencias, mentores, escuela, seguro médico, y – mostrada con orgullo en mi visita a Colorado – su primera cama.

“Los mejores atletas de judo comienzan su entrenamiento muy jóvenes,” me confió su entrenador. “No sabemos si Dartanyon podrá compensar esos años perdidos como para llegar a las Olimpiadas del 2016.” Pero un poco de duda era todo lo que Dartanyon precisaba para convertir sus dedos en callos y su corazón en el de un campeón. Para sorpresa de todos, se ganó un lugar en el equipo Para Oímpico de Londres en el año 2012. Leroy y yo celebramos en la primera fila mientras le colgaban la medalla de bronce alrededor del cuello de Dartanyon. Alguna vez olvidado por el mundo, ahora Dartanyon se paraba encima de él.

“Estas cosas no le pasan a chicos como nosotros,” me decía mientras lloraba desconsoladamente durante esa noche inimaginable, su cara radiante con el bronce y sus lágrimas empapando mi hombro.

Keynotes2_VOY tenía razón. Chicos ciegos o sin piernas nacidos en los guetos no reciben educación universitaria y reconocimientos que brillan, pero deberían. Y por eso también me quedé. Porque la esperando y el amor y el júbilo y la redención pueden ocurrir para chicos como ellos. Y gente como yo, gente “del otro lado”, que están en una posición de fortaleza, deberían estar activamente apoyándolos con sus requerimientos.

Me he pasado miles de horas removiendo los obstáculos en el camino de los sueños de Leroy y Dartanyon, reprogramando su mentalidad de pobreza: cómo pagar una cuenta, cómo planificar, cómo conversar con gente en posiciones de autoridad, cómo utilizar recursos comunitarios, y desarrollar relaciones saludables. Y tanto o más importante ha resultado que ellos aprendieron a verbalizar sus traumas, hablar de sus traumas, en lugar de envolverlos en vergüenza. Hablar se convirtió en su oxígeno. Les dio vida. A medida que comprendían sus propias historias, se volvían menos proclives a repetirlas.

El camino de auto sustentación de Leroy y Dartanyon  requirió mucho más que ofrecerle oportunidades. El camino requirió de un apoyo permanente a lo largo de muchos años. Requirió de un amor desinteresado, libre de contraprestaciones y pleno de paciencia. Y a través de todas las dificultades, nos convertimos en una familia improbable. Y continuamos.

Cuando presentó su solicitud para entrar en la universidad en el año 2009, Dartanyon escribió mi nombre como su contacto de emergencia. Poco después, recibí un llamado del administrador de la oficina. “Pensé que debería saber lo que Dartanyon escribió en su formulario de inscripción,” me dijo, un tanto conmovida. “Junto a su nombre, hay un espacio que se titula ‘Relación con el Estudiante’. Dartanyon escribió ‘Ángel de la Guarda'”.

Me quedé, porque sólo tenemos una vida y no la vivimos de verdad hasta que tenemos la capacidad de entregarla.

Me quedé, porque podemos cambiar el mundo sólo cuando entramos en el mundo de los demás.

Me quedé, porque te amo.

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