Bien! Me equivoqué de nuevo!

“Fallar” puede generar un trastorno emocional tan importante en un joven que algunas universidades han decidido cambiar algunos parámetros para manejarlo mejor. Más allá de los consejeros que normalmente asisten a los estudiantes en el proceso de ajuste a la vida universitaria, la Universidad de Stanford ha creado lo que denominan el Proyecto de Resiliencia, en el que personas prominentes, incluyendo casos como la ex integrante de la Suprema Corte de Justicia de los EEUU Sandra Day O’Connor, cuentan de algunos de sus fracasos en una carrera que ha sido brillante, demostrando así la importancia de la habilidad de convivir pacíficamente con “equivocarse” de tanto en tanto.

 El Presidente Ford tropezando. Gentileza NY Daily News

Debemos darle a nuestros hijos una oportunidad para construir una relación constructiva con el fracaso. En las estimaciones de Anissa Ramirez, la educación en las ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM) es una forma muy buena de hacerlo, simplemente porque “fallar” forma parte del proceso de cualquiera de esas líneas. Los experimentos por definición fracasan y muchas veces (la mayoría) los datos no cierran. En esas áreas se aprende en la práctica de persistencia y resiliencia y enseñan cómo los fracasos nos instruyen en el proceso de innovación y diseño. Las ciencias y la innovación están basadas en prueba y error, una forma de decir “fallemos mucho”.

Otra cura al miedo a equivocarse consiste en renombrarlo. Los científicos fracasan continuamente, sólo que ellos lo denominan “datos”.  Básicamente, si aprendiste algo de tu experiencia, entonces no fue un fracaso, fue simplemente un paso más en el camino de identificar los “datos correctos”.


 

Redefiniendo el fracaso

Una buena parte del sistema educativo tiene una noción errada de “equivocarse”. Se enfoca en obtener la respuesta correcta, cuando en realidad son tanto las preguntas como los errores los que resultan más instructivos. Es precisamente en esos espacios que uno realmente aprende. Precisamente es dentro del proceso educativo que los chicos deben lanzarse a intentar alcanzar los límites y probar cosas nuevas en un entorno que – lejos de castigarlos – los proteja.

Esto requiere una adecuación del docente. En primer lugar, aceptando que no lo sabe todo y así poder dirigir la búsqueda de lo que no sabe junto con la clase, en un proceso de experimentación para buscar la respuesta juntos. El enfoque del sistema educativo de esperar la “respuesta correcta” hace que muchos estudiantes tengan  miedo de presentar preguntas. La decana de la Escuela de Educación de la Universidad de Stanford, Deborah Stipek, ha enfatizado que las escuelas incuban el miedo al error, lo que a su vez genera estrés y ansiedad, reteniendo así el proceso de aprendizaje.

Ese dato es irónico, porque en los chicos tomar riesgos es algo innato. Si ven un murito, se suben y tratan de balancearse sobre él, sin miedo a caerse. Si ven un objeto brillante en el pasto, estiran su mano para ver qué es. Si un perro abre la boca, instantáneamente meten su manito dentro. Ni qué hablar de cuando son más chicos y aprenden a caminar. Así, descubren el mundo. Sus intentos fallidos de poner un pie delante del otro mientras manejan el equilibrio son lo que les permite caminar confiadamente después. Pero esa sensación de descubrimiento y ánimo a probarlo todo es apagado metódicamente en muchos salones de clase, con dignas excepciones.

                   

Así que debemos contarles a los chicos de los éxitos, pero también de los fracasos. Thomas Edison probó 10.000 diferentes materiales antes de identificar el adecuado para el filamento de su lámpara de luz. De hecho, no fueron fracasos, fue la búsqueda de datos, o tal como él lo ha dicho, identificó 9.999 formas que no funcionaron de construir un filamento, antes de descubrir la forma que sí funcionó. Esto nos lleva a otro tema igualmente importante, la resiliencia. Edison tuvo la fortaleza de seguir probando hasta identificar la respuesta correcta.

 “Genio es 1% inspiración y 99% transpiración” Thomas Edison

Así que aceptemos el fracaso, los errores, las intenciones fallidas, como parte del camino del aprendizaje. Seamos constructivos en el proceso educativo. Preguntemos a los alumnos, “¿cómo fallaste?” , “¿qué aprendiste?” y finalmente “¿cómo lo podrías haber hecho mejor?”. En ese proceso de comprender que errar es una parte del proceso de aprender, bajaremos su estrés y su ansiedad y formaremos jóvenes que no le tengan miedo a una parte esencial de crecer: el riesgo.

¿Qué opinión te merece esta visión de “fallar”?

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